La banalidad de lo banal

Nadie como Andy Warhol entendió con tanta precisión el sentido del adjetivo banal. Entre carteles de neón, lentejuelas y su habitual sarcasmo, Warhol consiguió lo imposible: convertir la palabra que califica lo insustancial en su contrario. Warhol hizo que la banalidad tuviera sustancia y lo hizo banalmente, o sea llamándonos la atención sobre nuestra propia banalidad.

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Cate Blanchett y Jenifer Aniston, en la cena que ofreció Louis Vouiton en la sala de pintura italiana del Museo del Louvre.

Cuando el mes pasado, el Museo del Louvre fue anfitrión de la nueva colección de carteras Louis Vuitton diseñadas por el artista “neo-pop” Jeff Koons, me impuse no escribir sobre el tema, casi como un acto de resistencia intelectual. Sin embargo, cuando ayer leí la intervención de Mario Vargas Llosa en la Feria del Libro de Buenos Aires, todos los filtros cayeron y me dije, estamos en problemas.

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Jeff Koons y su bolso dedicado a la “Cacería del tigre” de Peter Paul Rubens

Jeff Koons juega a ser Warhol; toma a la Gioconda de Leonardo y a las chicas rococó de Fragonard, a los paisajes de van Gogh y a los tigres de Rubens, les estampa su nombre junto a las iniciales de la marca y transforma un souvenir de tienda de no más de 5 euros, en un objeto kitsch de colección que le costará entre 800 y 2.100 euros según el modelo que elija. Nos guste o no, Jeff Koons nos dice que si sus obras son, es porque nosotros como sociedad las legitimamos. Pura lógica warholiana; si Ud. es tan estúpido para entrar en este negocio de hacerme famoso y millonario, sea bienvenido al mundo de la banalidad. Si no lo hace, despiértese de una buena vez, porque hay miles detrás de Ud. que hacen cola para comprar. En pocas palabras, nos dice “así están las cosas”.

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Vargas Llosa -por su parte-, hace un encendido discurso sobre la inconsistencia de la imagen frente a la palabra, nos advierte sobre los peligros de la banalidad de formar espectadores y no lectores y lamenta que la literatura ya no tenga la profundidad intelectual de otros tiempos. Sin embargo, él mismo es el protagonista del ritual supremo de la banalidad: la tapa de Hola. El Vargas Llosa de revista -que nos regala la sonrisa trivial de la felicidad de folletín semana a semana ininterrumpidamente-, convive con el que denuncia la superficialidad de los demás, incluida la de sus propios colegas escritores.

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A primera vista, todo parece muy warholiano pero por desgracia no lo es. Warhol es fáctico, comprende la realidad y satiriza sobre ella, nunca es contradictorio, de allí, que Jeff Koons reinvente la apuesta original. Vargas Llosa contradice sus palabras con su propia imagen, una trivialidad que puestos a ser comprensivos en aras del “amor”, no sería tan dramática si su discurso tuviera contenido analítico y alguna que otra idea nueva, pues va de suyo que la frívola exposición mediática no lo descalifica necesariamente como escritor ni como parte del mundo de la cultura.

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El punto es que cuando oficia de observador de la realidad, nos da como única respuesta blandir El Quijote de Cervantes o Los Miserables de Victor Hugo y a dar la batalla. ¿Como se supone que vamos a ganar? Es por esto, que su voz se parece más a la de un monje medieval que aferrado a un manuscrito iluminado, denuncia la maldad apocalíptica de la novel tecnología de la imprenta.

La pantalla es una realidad irreversible y nuestro desafío -igual que ocurrió en el siglo XVI con la imprenta- es conseguir domarla a fuerza de comprensión, estrategia y contenido. Se precisan ideas, el resto es legitimar la banalidad y para eso no cuenten conmigo. Ay Andy, como te estarás riendo de nosotros…

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