El alma rusa

Sí, lo confieso, tengo debilidad por los rusos, por los músicos rusos, por los escritores rusos, por los bailarines rusos y obviamente por los pintores rusos. ¿Como huir del hechizo pasional del Concierto para piano No. 2 de Rachmaninoff y no sentir que el corazón va y viene con cada nota como si te azotara una tormenta?

¿Como no vibrar con la intensidad que Baryshnikov le transmite a cada partícula de su cuerpo al bailar Caballos caprichosos de Vysotsky en un Kirov monumentalmente vacío, y no sentir que ese grito de libertad te desgarra y a la vez te transforma?

¿Como rehuir la sabiduría que con precisión metafísica escribe León Tolstoi en la primera frase de Anna Karenina, esa que dice, “todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”?  ¿Como rehuirla y no sentir la vulnerable fragilidad de la felicidad en las mil caras de la tristeza?

Sí, lo confieso, para mi los rusos tienen un fuego interior único ¿o acaso Kandinsky y su orgía de color no esconden en su intrínseco vuelo abstracto, los sonidos de las notas apasionadas que cada color encarna? ¿O acaso la sublime y lírica sutileza con la que Chagall vuela una y otra vez a su aldea, no es un eterno viaje interior que mantiene la llama encendida de la madre-tierra?

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Composición No. VII, Wassily Kandinsky, 1913. Galería Tetriakov, Moscú

Porque si hay algo que caracteriza a los pintores rusos desde Wassily Kandinsky a Marc Chagall, desde Chaim Soutine a Alekséi Jawelensky, desde Nicolás De Staël a Natalia Goncharova, es la absoluta y total sensibilidad en la comprensión del color. Hasta Kázimir Malévich en sus extremas exploraciones, descubrió un mundo de sensaciones en un simple y complejo cuadrado negro. Es que el color a diferencia de la objetiva línea, es pura sensibilidad y emoción y tiene no una sino dos personalidades: es materia y expresión a la vez.

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Yo y mi aldea, 1911 Museo de Arte Moderno, Nueva York

Los pintores rusos son la suprema conciencia del color y estoy convencida de que lo son porque los consume un misterioso fuego interno y cuando algo quema, ya sea en la música o en el cuerpo, ya sea en las palabras o en el lienzo, no hay lugar para las indiferencias ni las medias tintas.

Hay que ser de hielo para no rendirse ante ese dejo de pureza que tiene el alma rusa, y como el mundo que me rodea se está volviendo cada vez más rápido un lugar que no entiendo y que me es ajeno, me dio por pensar en los rusos. Ellos y su espíritu encendido son un antídoto para el vacío y la vulgaridad que nos acecha, y si no me cree escuche un concierto de Rachmaninoff, mire bailar a Baryshnikov o busque un cuadro de Kandinsky o de Chagall. Hágalo y después me dice si no tengo razón.