El discreto encanto de un viaje en el tiempo

Hace apenas unos días, en este mismo mes de diciembre de este año que termina, viví una experiencia singular. Sentí que había nacido allá por el siglo VIII a.c. en una de las colonias más prósperas de lo que los romanos llamaron más tarde la Magna Grecia. Vivía en la vieja Naxos, la misma que en el siglo IV. a.c era conocida como Tauroménion y que hoy llamamos Taormina.

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Vista de los Giardini Naxos, Taormina, Sicilia

Hay explicación para tamaño dislate y es que en ciertos sitios me vuelvo partícipe de un pasado que experimento con tal intimidad y cercanía, que al respirar o mover un guijarro, me invade la sensación de que hace siglos hubo alguien allí igual a mí, que respiró ese mismo aire y que tocó esa misma piedra.

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Vista de la bahía desde los Giardini Naxos, Taormina, Sicilia.

Fue viviendo estas intensas emociones que contemplé desde las alturas del Monte Taurus, la imponente bahía que se abre desde la roca, la misma que en el año 36 a.c. vio enfrentarse a las naves de Octavio y Agripa contra las de Pompeyo; la misma que como unión de cielo, mar y tierra fue sembrada por la sabiduría de los hombres en forma de teatro.

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Teatro de Taormina, c. siglo III a.c.

Ubicado en la cúspide del monte, el Teatro de Taormina, proclama uno de los principios más bellos de la estética griega: la unión del arte con la naturaleza. Es por eso que desde estas gradas talladas en la propia piedra y divididas en nueve cúneos porque nueve son las musas, los griegos escuchaban cantar las virtudes de los héroes y las debilidades de dioses y hombres.

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Frente escénico romano (scenae frons) del Teatro de Taormina, c. siglo I a.c.

No obstante la emoción de sentir que respiraba el aire de los griegos, ese mismo día también me sentí en Roma. Para el siglo II a.c. Tauroménion era una ciudad romana y el teatro aplacó su conexión natural con un ordenado frente escénico de columnas y nichos, para que sus 5.400 espectadores, asistieran expectantes a los tensos desenlaces dramáticos.

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Vista lateral de la escena, el proscenio, la orquesta y las gradas del Teatro de Taormina

Uno se sienta allí y la mano tiembla al tocar la piedra, se palpan los siglos y se respira la grandiosidad de la cultura que hizo todo eso posible. El perfecto equilibrio geométrico y matemático de sus formas semicirculares, replicadas desde la orquesta hasta la última grada, te devuelven de golpe al origen. Uno comprende de inmediato porqué nuestra civilización nació allí. No digo en este teatro físicamente, sino en la idea, en el concepto que encarna: aquel viejo principio de la mimesis de la naturaleza que hizo de la belleza y la armonía el supremo objetivo del arte.

 

 

 

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