Ni polémico, ni irreverente, tan solo aburrido

Esta semana fue como un suave balanceo de banalidad, un fluir sincopado que nos arropó al calor de su propia superficialidad. Y aceptando incluso que subestimar al otro es regla, hay veces en que uno dice basta; ya basta del divorcio de Brad Pitt y Angelina Jolie, ya basta de videos íntimos y redes sociales y por favor, ya basta de inodoros y mingitorios en los museos.

El mingitorio de Duchamp que lo cambió todo tiene casi 100 años, el inodoro de León Ferrari que tuvo lo suyo -¿porqué no decirlo?- tiene más de dos décadas y bueno, ahora el Guggenheim de Nueva York y el aburrido de Maurizio Cattelan -me resisto a llamarlo “irreverente”-, quieren también tener el suyo.

America, Maurizio Cattelan, 2016. Museo Guggenheim, Nueva York

America, Maurizio Cattelan, 2016. Museo Guggenheim, Nueva York

Se llama América y se exhibe en el baño del cuarto piso del museo, en donde se sustituyó el inodoro normal por la obra de Cattelan que es de oro sólido de 18 quilates y faltaba más, funciona. El museo dice que “representa un guiño al mercado del arte pero también evoca el sueño americano de oportunidades para todos”, que “la naturaleza participativa de la pieza, en que los espectadores son invitados a hacer uso del objeto de manera individual y privada, permite una experiencia de intimidad sin precedentes con una pieza de arte”.

Él, Maurizio Cattelan, 2001.

Él, Maurizio Cattelan, 2001. La escultura fue subastada en Christie’s Nueva York en mayo de 2016 en 15 millones de euros

¿Que decir? Pues podríamos empezar por el hecho de que la irreverencia es aire fresco y para cumplir su sentido ontológico tiene que subvertir, incomodar y provocar. A 100 años de Duchamp ya no alcanza con esto, ya no alcanza el guiño al mercado del arte exponiendo un inodoro de oro luego de vender -como ocurrió en mayo pasado- una escultura de un Hitler arrodillado en 15 millones de euros. Eso no es irreverencia, es pura superficialidad, la misma que dice denunciar y que podría ser legítima como recurso si la idea trascendiera el efecto. Pero no funciona ni como idea ni como recurso, simplemente, se agota; porque si Duchamp cambió magistralmente el curso de la Historia del Arte con apenas unos francos, no creo que sea a fuerza de inodoros de oro que se conseguirá movilizar las conciencias en este vacuo siglo XXI.

Maurizio Cattelan durante la retrospectiva que se hizo en el Guggenheim de Nueva York en 2011

Maurizio Cattelan (Padua, 1960) durante la retrospectiva de 2011 en el Guggenheim de Nueva York

Y no olvidemos, el añadido perverso de que nadie se le anima a Cattelan, porque de hacerlo se sienten expuestos como bourgois ofendidos que si critican legitiman la chanza. Pues bueno, a mí Cattelan me aburre y me aburre porque me subestima. Al fin de cuentas, para rizar el rizo de mi humana banalidad me basta con mi propio inodoro, que de oro tiene lo que tengo de ofendida.