Celebrando el libro

En este universo de los Días de…que son tantos y tan diversos, hay uno que vivo con especial alegría y es el que celebramos ayer, el Día del Libro. Quizás sea porque reverencio los libros y mi vida no sería sin ellos; quizás porque la celebración comprende la fundación de nuestra primera biblioteca y a ellas solo las entiendo como guardianes, fieles guardianes del conocimiento. No lo sé, pero para mí es un día distinto y todos los años lo celebro igual: voy a mi escuela y leo.

Esperando mi turno para leer en la Maratón de Lectura 2016 del Elbio Fernández

Esperando mi turno para leer en la Maratón de Lectura 2016 del Elbio Fernández

Regreso al patio en el que crecí, a las aulas en donde me formé y leo para un montón de jóvenes asombrados que no pueden creer que alguna vez esa señora con más de una arruga, se sentó en el mismo banco que ellos. Me encanta, es lo más parecido a un túnel del tiempo en el que me dejo vapulear por la misteriosa fragilidad de los recuerdos.

Por eso, ayer cuando me iba, no pude evitar pensar en los libros que leía cuando mi vida se limitaba a ese universo de amigos, maestros y estudio. Porque esos son los libros que hacen que seamos quienes somos y aunque después vengan todos los otros y lo hagan en malón, es en ellos en los que a manera de espejo vemos el reflejo de lo que nos dejaron.

Edición de Los Tres Mosqueteros de Editorial Anaya, 1971

Los Tres Mosqueteros, Editorial Anaya, 1971

En mi caso fueron muchos, pero hay uno sin el cual no sería quien soy y es Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas. Lo leí cuando era una niña y seguí releyéndolo una y otra vez a lo largo de mi juventud. Athos, Porthos, Aramis y D’Artagnan me regalaron las mejores tardes de mi infancia, me enseñaron el valor de la amistad y me explicaron que no hay vida sin aventura, desafíos y riesgos. Con ellos aprendí que no hay que viajar para conocer un lugar y así caminé por las calles de París muchos años antes siquiera de imaginar que algún día iba a estar allí. Con ellos viajé en el tiempo y aprendí que no importa en que época vivas, porque siempre se trata de lo humano y más acá o más allá, siempre va a haber un cardenal Richelieu, una Milady de Winter o una Ana de Austria. Con ellos aprendí a no tenerle miedo a la cantidad de páginas de un libro; es más, con ellos viví por primera vez esa sensación de vacío que trae la cercanía del fin, cuando al pasar la página leída uno ve con angustia como cada vez queda menos por leer. Y en consecuencia, menos sueños, menos aventuras, menos magia…

Harry Potter y la piedra filosofal, Ediciones Salamandra, 2000

Harry Potter y la piedra filosofal, Ediciones Salamandra, 2000

Afortunadamente, la vida me regaló la posibilidad de ver como a mi hija le sucedía lo mismo; obviamente, no con los mosqueteros del rey sino con la saga de Harry Potter, y la vi aprender el valor de la amistad con Ron, Hermione y Harry, la vi disfrutar con sus aventuras y hasta la vi volar bien lejos en una Nimbus 2000 imaginaria.

Ahora, cada tanto, nos descubrimos hablando de esa magia, no de la de Harry, sino de la magia de los libros y como nada ni nadie nos puede quitar lo que nos dejaron en el alma. Y no puedo dejar de fantasear con que esto seguirá; estoy convencida de que a pesar de que el mundo cambie y se transforme van a seguir naciendo los Alejandro Dumas y las J.K Rowling, porque los libros tienen algo que aún no hemos podido descifrar y ciertos escritores tienen un don para cambiar la vida de los otros.