La relatividad que cambió el arte

Hace 100 años, un hombre cambió para siempre nuestra manera de entender y percibir la realidad. Fue un 25 de noviembre de 1915, cuando un científico de cabellera enmarañada le dijo a la Academia de Ciencias de Prusia, que el espacio está indisolublemente asociado al tiempo y que éste depende de la materia-energía que contiene. Dijo, que como ésta cambia de estado y de lugar, el espacio-tiempo no puede ser absoluto sino curvo y dinámico. No es fácil de entender, obviamente porque no lo es, pero la definición del físico John Wheeler ayuda, “el espacio le dice a la materia como moverse y la materia le dice al espacio como curvarse”.

Era tan solo una idea, una teoría que complementaba otra que había propuesto diez años antes, en 1905, cuando dijo que la velocidad de la luz es inmutable, constante e independiente del movimiento del observador y por ello a excepción de la luz todo es relativo, el tiempo, la distancia y la masa. Pero esas dos ideas juntas, lo cambiaron todo.

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Fue por estas dos teorías -la de la Relatividad General (1915) y la de la Relatividad Específica (1905)– que entre entre 1905 y 1915, Albert Einstein quebró el orden que daba certeza al mundo, al menos desde que en 1687 Isaac Newton había dictado sus leyes. Y al hacerlo, cambió el curso del pensamiento occidental, porque sus ideas modificaron el sentido de la realidad como nunca otra formulación científica lo había hecho.

No es casual que se fije el nacimiento del arte de vanguardia en 1905 y que a lo largo de las décadas siguientes la avalancha de “ismos” destruyera la figuración tridimensional en la pintura. El punto único y privilegiado para observar una ilusión perfecta de la realidad, que desde el Renacimiento en adelante era el modo de ver el mundo, ya no tenía sentido. La realidad total y quieta había volado por los aires.

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Señoritas de Avignon, Pablo Picasso, 1907. Moma, Nueva York

En 1907 Pablo Picasso pintó las Señoritas de Avignon, el primer cuadro de la historia que distorsiona la forma en el espacio y plantea múltiples puntos de vista. ¿Será porque ya no es posible concebir un observador absoluto? Picasso lo negó cuando se lo preguntaron y sin embargo, allí están sus Señoritas y ellas -diga lo que diga Picasso-, acabaron con la perspectiva central como sistema de referencia.

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La persistencia de la memoria, Salvador Dalí, 1931. Moma, Nueva York

Hubo otro español tan famoso como Picasso, pero que a diferencia de él se declaró fanático de la ciencia y se enorgullecía de la influencia que ésta provocaba en su pintura. Era Salvador Dalí y su fascinante Persistencia de la memoria, con sus relojes blandos sobre la arena es lo más parecido a la relatividad hecha pintura. Un verdadero manifiesto del tiempo consumido, porque éste ya le dijo a la materia como volverse viscosa, blanda, como curvarse en esa cuarta dimensión temporal, en la que el minutero va más lento o más rápido según el movimiento. El tiempo se dilata, porque en el mundo de Dalí -igual que en el de Einstein-, la realidad no puede reducirse a un flujo temporal unitario.

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El tiempo atravesado, René Magritte, 1939. Museo Magritte, Bruselas

Por supuesto que hay muchos más; está René Magritte con sus conflictos espacio-tiempo, está M.C Escher con sus dimensiones simultáneas y no olvidemos la música de Schoenberg, los cuentos de Ray Bradbury y el cine; desde Chartlon Heston en el Planeta de los simios (Fralkin Schaffner, 1968) diciendo “llevamos 18 meses en el profundo espacio…mientras que la tierra ha envejecido 2.600 años”, a la reciente Interestelar (2014) de Christopher Nolan, con sus agujeros negros y sus otros mundos probables y posibles.

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 Hace 100 años, nació todo un universo artístico paralelo cuando ese hombre de melena desmadejada habló. Un universo que solo puede seguir enriqueciéndose porque los científicos y los artistas son en igual medida, los únicos seres capaces de ver en el mundo lo que los demás no podemos…porque solo en el mundo de un artista y en el de un científico, seis menos tres puede ser seis.