¡Por favor, sorpréndanme!

Hay gente para todo en este mundo y si se le ocurría dudarlo abandone ya misma la idea, porque para estar en lo último, para ser lo más, para ser tendencia hay que odiar a Renoir. Sí, como lo oye, odiar a Pierre Auguste Renoir (1841-1919) el gran pintor impresionista, que desde hace unas semanas se ha convertido en el blanco del movimiento Renoir Sucks, algo así como Renoir apesta.

Fotografía publicada en Instragram en la cuenta Renoirsucksatpainting

Fotografía publicada en Instragram en la cuenta #RenoirSucksAtPainting

Desde una cuenta de Instagram (#RenoirSucksAtPainting.) estos buenos muchachos, liderados por un estudiante de arte llamado Max Geller, se pusieron a ridiculizar la obra de Renoir con fotografías y comentarios a medio camino entre la ira y la burla. Y tuvieron éxito, 6.000 seguidores en apenas unos días y ni lo dudaron pasaron a los hechos. Se apostaron en los alrededores del Museo de Bellas Artes de Boston munidos de carteles y proclamas, exigiendo a la autoridades y al mismísimo presidente Obama, que las pinturas de Renoir fueran retiradas de los museos norteamericanos. El argumento: Renoir es un pésimo pintor y solo le gusta a la gente porque aceptan ciegamente lo que los museos legitiman como arte.

Manifestación RenoirSucks frente al Museo de Bellas de Artes de Boston

Manifestación RenoirSucks frente al Museo de Bellas de Artes de Boston

Cuando le conté a mi marido de que venía todo esto, su primera pregunta fue ¿porqué Renoir? Y no hay otra respuesta posible, es Renoir como pudo ser cualquier otro, la cuestión no pasa por el pintor sino por provocar. Lo gracioso del asunto, es que este épater le bourgeois no es nada nuevo, es tan falto de originalidad, de imaginación y creatividad que huele a naftalina.

Protesta frente al Museo de Bellas de Artes de Boston

Protesta frente al Museo de Bellas de Artes de Boston

Desde finales del siglo XIX los movimientos modernos y de vanguardia, utilizaron los iconos del arte con el fin de escandalizar el gusto promedio y lo hicieron con inteligencia y agudeza. Como no recordar a los Prerafaelistas ingleses, aquellos alocados jóvenes románticos que en la segunda mitad del siglo XIX, se la agarraron con Rafael convirtiéndolo en la causa de todos los males. Fue Rafael pero pudo ser cualquier otro, el objetivo era denunciar el gusto académico heredero del Renacimiento.

LHOOQ, Marcel Duchamp, 1919. (Juega con la fonética de las letras deletradas: "ella a chaud au cul", "ella está caliente)

LHOOQ, Marcel Duchamp, 1919. (Juega con la fonética de las letras deletradas: “ella a chaud au cul”, “ella está caliente)

Como no recordar a los grandes descontentos de vanguardia, como Marcel Duchamp o Guillaume Apollinaire, que expresaron todo su malestar con la sociedad y el gusto burgués, prendiéndose de la Gioconda de Leonardo da Vinci para jugar con ella los malabares de la provocación. Fue Leonardo y su Gioconda, pero pudo ser cualquier otro, el objetivo era denunciar el conservadurismo y la letanía consagratoria de los museos.

Estos mecanismos fueron tan interesantes como valiosos, supieron patear el tablero con sarcasmo, ironía y creatividad, porque si los modernos los usaron de modo constructivo proponiendo alternativas -como los prerafaelistas-, los vanguardistas los reinventaron con afán destructor – como era lógico y esperable-. Ahora, este barullo posmoderno resulta deprimente y decadente, no porque se la agarren con Renoir – quien no va ser mejor ni peor artista por lo que digan, como no lo dejaba de ser Rafael o Leonardo en su tiempo-, sino porque estamos en el siglo XXI y parece ser que a los jóvenes bien pensantes, revoltosos y rebeldes, no se les ocurre nada nuevo para ponernos las barbas en remojo, como sí hicieron sus antepasados.

Max Geller, el líder del movimeinto RenoirSucks

Max Geller, el líder del movimiento RenoirSucks

Tener opiniones es imprescindible, expresar descontento es aún mejor, luchar por revertir los juicios de la autoridad -a menudo absurdos- es casi tocar el cielo con las manos y hasta si me apuran, me anoto para la revuelta que intente socavar el falso y pomposo poder legitimador de los museos (algunos de ellos, efectivamente apestan). Lo desolador está en el recurso, en el mecanismo con el que nos quieren vender algo viejo y trillado como revolucionario y novedoso. Lo peor es que algunos compran y no se extrañen si uno de estos días nos encontramos con algún “Blanes apesta”. Vale la advertencia, porque para épater le bourgoies en la posmodernidad, van a precisar algo más que una vieja retórica del siglo XIX. Todo esto funcionó maravillosamente bien, pero hace 150 años. Muchachos a espabilar, ¡por favor, sorpréndame!