En busca del paraíso perdido

Hay algunos artistas sobre los que se hace difícil escribir. Sin importar los esfuerzos que se hagan, queda siempre en el aire la sensación de que  lo escrito sabe a poco. Uno de esos esquivos pintores es el gran Paul Gauguin, un hombre que vivió muchas vidas en una, que redefinió el concepto de la aventura y el exceso, un artista que recorrió caminos tan nuevos, originales y distintos, que intentar comprenderlo desde nuestra simple comodidad, se vuelve por momentos una tarea imposible.

Autorretrato, Paul Gauguin, 1888. Museo van Gogh, Amsterdam

Autorretrato, Paul Gauguin, 1888. Museo van Gogh, Amsterdam

Gauguin era un portento, un alma dominada por un carácter sarcástico,  incontrolable e  imprevisible; un hombre sin pertenencia, al que nada, ni la responsabilidad ni el amor a una mujer o a un hijo, pudo jamás atar o  siquiera serenar. Era esquivo, felino, sibarita y a la vez enigmático, insaciable y frío como un témpano. Sus amigos decían que “contemplar a un hombre así hacía mal a la salud…parecía salido de un cuadro de Durero” (Paul Cesar).

Pero esta personalidad casi sobrenatural, parió uno de los artistas más sensibles y agudos del siglo XIX, un pintor que se lanzó a la búsqueda de un paraíso en el que reinara la paz y la serenidad,  un lugar descontaminado de los valores decadentes de la vieja y enferma Europa. Y así se fue bien lejos a vivir la aventura del “buen salvaje”, primero a Pont- Aven en la Breteña francesa, después a La Martinica en el Caribe y finalmente a Tahití y las Islas Marquesas en la Polinesia.

Gauguin buscó un paraíso y aunque no lo encontró lo pintó y escribió sobre él y su maravilloso libro “Noa-Noa” publicado en París en 1897, es un magnífico testimonio de esa búsqueda, de toda la ilusión y la esperanza que depositó en la aventura.

Matamoe, Paul Gauguin, 1892. Museo Pushkin, Moscú

Matamoe, Paul Gauguin, 1892. Museo Pushkin, Moscú

Me iré a los bosques de una isla de Oceanía a vivir del éxtasis, de la calma y del arte. En Tahití, podré bajo el silencio de las bellas noches tropicales, escuchar la dulce música murmurante de los movimientos de mi corazón en hermosa armonía con los seres misteriosos del entorno.

Nevermore O Täiti, Paul Gauguin, 1897. Courtauld Institute of Art, Londres.

Nevermore O Täiti, Paul Gauguin, 1897. Courtauld Institute of Art, Londres.

El oro del rostro de Téhura llenaba de claridad y alegría nuestra casa y el paisaje de alrededor. Ella ya no me estudiaba a mí, ni yo la estudiaba a ella. Había dejado de ocultarme que me amaba, y yo de decirle que la amaba. Vivíamos así, los dos, en la más perfecta sencillez. Que agradable era ir de mañana a refrescarnos al arroyo cercano, como me imagino que harían en el Paraíso el primer hombre y la primera mujer.

¿De dónde venimos? ¿Quienes somos? ¿A dónde vamos?, Paul Gauguin, 1897. Museo de Bellas Artes, Boston

¿De dónde venimos? ¿Quienes somos? ¿A dónde vamos?, Paul Gauguin, 1897. Museo de Bellas Artes, Boston

Disfruto de la naturaleza de la vida libre, animal y humana. Me escapo de lo artificial y entro en la naturaleza con la certeza de que el mañana será como el  presente, tan libre, tan bello, la paz desciende sobre mí.

Lamentablemente la realidad era muy distinta; la isla era carísima y Gauguin vivía en medio de las estrecheces más absolutas, sus adorados “salvajes” eran sometidos por la labor de los misioneros y se les  obligaba a adoptar las ropas, las costumbres y la fe occidentales. Todo terminó siendo un viaje interior en el que a medio camino Gauguin murió enfermo de malaria y sífilis, adicto a todas las drogas imaginables, agotado física y espiritualmente. Pero ese ansiado paraíso, ese mundo primitivo, original y natural,  sigue vivo en el alma de cada una de sus obras.