El mágico sonido interior de la pintura

Las misteriosas conexiones que los artistas crean entre imágenes y palabras pueden ser infinitas, y si está claro que la imagen será siempre imagen, es igual de cierto que también puede ser poesía. Cuando esto sucede la pintura se convierte en sonido interior, en recuerdo evocador, en un maravilloso vuelo hacia los confines de la imaginación y la fantasía. Prueba de ello es la obra del gran Marc Chagall, una obra que solo puede ser definida desde su intrínseca naturaleza poética.

Marc Chagall Vitebsk, 1887-Saint Paul de Vence, 1985

Marc Chagall. Vitebsk, 1887-Saint Paul de Vence, 1985

Es que Chagall, este ruso humilde y sencillo, este judío de aldea y espíritu místico, tenía su cabeza y su alma repleta de imágenes imposibles; animales que vuelan por los cielos, viejos que tocan el violín en los tejados, ángeles que se despeñan sobre la tierra para brindar cobijo y calor, novios, flores, gallos y vacas y peces, todo un universo de nostalgia que gracias al mecanismo de la memoria y la imaginación desafió la idea de tiempo y espacio.

Yo y mi aldea, 1911 Museo de Arte Moderno, Nueva York

Yo y mi aldea, 1911 Museo de Arte Moderno, Nueva York

Y porque estamos evocando los pensamientos de estos pintores-poetas, quiero contarles que Chagall escribió un conmovedor relato autobiográfico al que llamó Mi vida. Lo escribió en ruso, con la intensidad y la profunda ternura que siempre lo dominó y se publicó por primera vez en 1931 en París, después de que su esposa Bella lo tradujera al francés.

Mi vida es como los temas y los colores de sus cuadros, es melancolía y alegría, es verdad y sueño; su infancia en la añorada aldea de Vitebsk, su familia pobre y sencilla, el abuelo que le enseñaba la Torah, su padre que trabajaba de sol a sol, el sueño de convertirse en pintor. Experiencias de judío errante a las que su tiempo lo condenó y que se transformaron en las más entusiastas, optimistas y soñadoras imágenes. Mi vida es una gran fábula verídica, construida de frases inconexas y con el mismo tono lírico y mágico que su pintura. En definitiva, pura poesía.

El violinista verde, 1923. Museo Guggenheim, Nueva York

El violinista verde, 1923. Museo Guggenheim, Nueva York

Cuando observaba a mi padre debajo de la lámpara, soñaba con cielos y cuerpos celestes, mucho más allá de nuestra calle. Toda la poesía de la vida se condensaba en la tristeza y el silencio de mi padre. Allí estaba la fuente inagotable de mis sueños: mi padre.

Sobre la ciudad, 1918 . Galería Tretyakov, Moscú.

Sobre la ciudad, 1918 . Galería Tretyakov, Moscú.

Su silencio es el mío. Sus ojos, los míos, como si ella me conociera desde hace mucho tiempo, como si lo supiera todo de mi infancia, de mi presente, de mi porvenir; como si vigilara sobre mí adivinándome aunque la veo por primera vez. Y yo sentí que ésta era mi mujer. Su tez pálida. Esos ojos suyos negros y redondos. Son mis ojos, mi alma.

Autorretrato con la musa. La aparición, 1917-1918. Colección Gordeeva, San Petesburgo

Autorretrato con la musa. La aparición, 1917-1918. Colección Gordeeva, San Petesburgo

De repente, se abre el techo y un ser alado desciende con estrépito y rapidez llenando la habitación de corrientes y nubes. Un crujido de alas que se arrastran. Pienso: ¡un ángel! No puedo abrir los ojos, todo es deslumbrante, luminoso. Tras fisgonear por todos lados, levita y se escabulle por la grieta del techo, llevándose con él toda la luz y el aire azul. Vuelve a oscurecer. Me despierto.

La absoluta sensibilidad que dominó el pensamiento de Chagall, hizo que su pintura no encuentre hasta el día de hoy una etiqueta que la codifique y aunque formó parte de las vanguardias parisinas, su obra se resiste. Porque su carga mágica y de verdad, la convierten en un testimonio único, irrepetible, imposible de ser reducido a una palabra y por eso se nos escapa como los rítmicos sonidos de un poema.