Sin comienzo ni final

Sí, lo confieso amo mirar un obra de arte por encima de cualquier otra experiencia artística. No porque el arte sea superior a las otras formas de expresión -no es cuestión de jerarquías-, sino porque a diferencia de un libro, una película, una canción o una obra de teatro, el acto de contemplar implica un vínculo que no tiene comienzo, ni desarrollo y muchos menos fin. Uno ve y en ese mismo momento y sin aviso queda en loop y eso es divertido, emocionante, da vértigo, es más me animaría a decir que es lo más parecido a tocar el infinito.

Sé que me podrán objetar que un libro se puede releer, una película volver a ver o que un concierto se puede volver a escuchar y es cierto. Sin embargo por más que volvamos a ellos irremediablemente el argumento comenzará, seguirá su desarrollo y encontrará su desenlace aunque hayamos crecido, pensemos diferente o veamos el mundo de otra manera. La línea siempre va a ser una recta rumbo a un objetivo o como diría un matemático, de un punto a otro, indefectiblemente de A a B.

Las Meninas, Diego de Velásquez, 1656 Museo del Prado

Las Meninas, Diego de Velázquez, 1656 Museo del Prado

En cambio y solo por poner un ejemplo, Don Diego de Velázquez seguirá estando eternamente detenido con su pincel en la mano observándonos desde esa dimensión de misterio, mientras el barullo de meninas, enanos, perro y princesa revolotean a su alrededor, y el aposentador a sus espaldas entrando – o saliendo- de la habitación sin que podamos saber que es lo que allí se pintó. La línea es un gran bucle que gira sobre sí mismo o como diría un matemático, se desplaza de A a A.

Vivir en loop no es fácil porque demanda una dosis incalculable de energía, es vivir con la cabeza habitada por miles de imágenes que hablan y hacen mucho ruido, pero a cambio, nunca vas a estar solo, nunca te vas a aburrir y mejor aún, la diversión está asegurada sin día fijo, sin horario y con el secreto placer de saber que nunca va a terminar. Será por eso que cuando leo un libro, suelo contar las páginas que me quedan para terminar con una angustia que crece en relación proporcional al decrecimiento de hojas.

Sí lo confieso, vivo en loop porque el misterio de las historias pintadas, está en la capacidad para resistir a la certezas de un final con todo lo que tiene de realidad inamovible y saben regalarme un trozo de misterio que me niega la respuesta, me interroga, me guiña el ojo, me molesta … y así hasta el infinito.