La selfie con Alberto

Sí, lo confieso me saqué una selfie en un museo y no con cualquiera, sino con el gran Alberto Durero (1471-1528), el más grande de los pintores del Renacimiento Alemán y lo hice a pesar de que ni siquiera uso ni tengo celular.

Me explico. Cada vez que entro a un museo siento que estoy en un lugar sagrado, porque allí, como decían los griegos, entre esas mágicas paredes habitan las musas protegiendo las creaciones de los hombres. Por eso cuando entro a alguna de las casas que ellas custodian, sé que voy al encuentro de las imágenes que tanto he soñado ver y de las vidas de aquellos que tanto me han enseñado y tanto tienen aún para darme.

Resulta pues, que hace poco menos de un mes y después de muchos años de esperar la cita, llegué una tarde fría de invierno a la Alte Pinakothek de Munich. El museo estaba prácticamente vacío y me permití recorrer los pasillos con cierta aprehensión, hasta que de repente nos vimos.

 

Autorretrato como Cristo, 1500, Alte Pinakothek, Münich

Autorretrato como Cristo, 1500, Alte Pinakothek, Münich

Lo miré fijo y él me miró, con esos ojos fríos y duros que tanto lo caracterizan, con su ya clásico rostro acompañado por su larga y sedosa cabellera, con el cuerpo abrigado por su eterna pelliza de terciopelo y armiño. Quieto, estático, con su mano y sus dedos elevados en bendición, como si fuera un Cristo.

No había nadie en la sala y ni siquiera se escuchaban los pasos del guardia. Me senté en una butaca y charlamos por más de hora y media,  de la vida y del arte de pintar, en voz bien baja, diría que hasta cómplice. Hablamos de su obsesión por el detalle y sobre la manera en la que aplicaba esas suaves veladuras que hacen casi irreales a sus cuadros; discutimos sobre su constante necesidad de sorprender a sus contemporáneos con su habilidad para el dibujo; momento de tensión, en el que hasta llegó a admitir que era un rasgo de soberbia que le costaba mantener bajo control.

Hablamos largo y tendido, hasta que finalmente tomé coraje y decidí marchar pero antes de hacerlo, me volví y allí estaba él, mirándome y bendiciéndome con su mano. Entonces, no lo dudé ni un segundo, le pedí el celular a mi marido y me saqué una selfie con Alberto, mi amigo, el pintor.

Selfie con Alberto Durero, enero 2015

Selfie con Alberto Durero, enero 2015

Últimamente, los sociólogos se han puesto a cuestionar con gravedad esta nueva afición por las “selfies”; hábito que al fin de cuentas no es más que una manera diferente de otorgarle inmortalidad al ego, una más de las tantas que hemos creado a lo largo de la historia. Pero mucho más aún se oye a los académicos y curadores, debatiendo sobre si es correcto que la tecnología invada los museos, advirtiéndonos sobre los peligros de la pérdida de la clásica contemplación del arte.

Sí, lo confieso me saqué una selfie con Alberto Durero. Porque creo que los espacios sagrados como los museos están vivos, repletos de musas, de pintores y de historias por contar. Porque si pensamos que un cuadro puede ser un instrumento vivo que nos llega del pasado y que podemos hablar, reflexionar y sentir con él, no creo que corramos muchos riesgos si nos llevamos un sencillo recuerdo. Será por eso, que en una tarde fría de invierno sentí la necesidad de inmortalizar mi encuentro con Alberto o mejor dicho, con la  selfie que propio Durero hizo de sí mismo en el siglo XVI.