Una cita con los secretos de España

A España se la siente cercana, conocida, como propia; en ella se hunden nuestras raíces históricas, porque a ella pertenecimos y de ella nos independizamos, en ella vive nuestra matriz cultural, porque de ella es la comida que comemos, la lengua que hablamos y las palabras que escribimos. A España se la siente entrañable, porque en ella vibra el origen, ese germen familiar que en un incesante ir y venir que aún perdura, forjó lo que fuimos y continúa forjando lo que somos.

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Claustro de la Catedral de Gerona, siglo XII

Y así de tan cercana y propia, de tan sabida y transitada, España da la sensación de no tener secretos, de no esconder sorpresas y sin embargo, los cuarenta uruguayos que acabamos de regresar de ella, sabemos que España nos regaló cada día una cita con el asombro. Emociones que nos hicieron palpitar en la inmensidad de sus catedrales, en el recogimiento de sus claustros, en la presencia vívida de sus reyes que duros e inflexibles, la cincelaron con el mazo de la convicción y de la fe -para bien y para mal-.

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Salas del Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona.

Hubo momentos excepcionales, como cuando una mañana brillante de luz con Barcelona desplegándose a nuestros pies desde la cima del Montjuic, vivimos la experiencia de las insondables riquezas que las pequeñas iglesias románicas del Valle del Bohí escondieron durante siglos y que hoy se exhiben en el Museo Nacional de Arte Cataluña.

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Todo el grupo frente al ábside de Sant Clement de Tahull, siglo XII. Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona.

Entramos al museo con la algarabía propia de una mañana de sol, más como si de un encantamiento se tratara, nuestras voces se fueron acallando a medida de que iban apareciendo ante nuestros ojos, aquellas pinturas murales que llegaban a nosotros desde los aciagos siglos XII y XIII. Tiempos en los que España era musulmana, salvo la pequeña franja norte que resistiendo el embate y la dominación, terminó legándole a Cataluña la mayor colección de arte románico del mundo.

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Detalle del Cristo Pantocrator de Sant Clement de Tahull, siglo XII. 

El Cristo Pantocrator de Sant Clement de Tahull nos miró desde lo alto del ábside con toda su majestuosa autoridad, envuelto en su geométrica mandorla con su ropaje de innumerables pliegues y prístinos colores, era la viva imagen de la resistencia espiritual y cultural de aquellas tierras pirineicas.

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Agnus Dei y Dextera Domini de los arcos del ábside de Santa María de Tahull, siglo XII. 

La Virgen con el Niño, madre protectora, el Agnus dei (Cordero de Dios), símbolo del sacrificio y la redención, la Dextera Domini (Mano de Dios), símbolo de la intercesión divina en favor de los hombres, todas y cada una de las iconografías se iban sucediendo con toda su carga bizantina, con toda su influencia mozárabe, con la línea clara y lumínica de los beatos iluminados.

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Con una museografía perfecta, las pinturas murales se acompañan de frontales y esculturas que contextualizan el clima de las pequeñas iglesias pirineicas del siglo XII y XIII

Lentamente fuimos saliendo del encantamiento, el silencio fue sustituido por el bullicio de la pujante Barcelona que seguía vibrando a nuestros pies, pero nosotros ya no éramos los mismos. Por unas horas, la magia del arte nos había transportado a otro tiempo y a otro espacio, a uno de esos tantos secretos que España guarda en celoso y español silencio.

 

 

*Las fotografías que ilustran esta crónica de viaje, fueron tomadas por los viajeros durante nuestra reciente aventura. Gracias a todos por su talento y generosidad.